
En 1991 me pidieron que actuara como Consejero Principal para el Comercio y la Industria para la Cumbre de la Tierra de 1992. En esa ocasión, reuní a cincuenta líderes empresariales de todo el mundo y nos abocamos a la tarea de determinar qué podía hacer el empresariado para avanzar en el camino del desarrollo sostenible. Descubrimos que la eficiencia era un común denominador del crecimiento económico y la protección de los recursos naturales, lo que motivó que entre otras cosas acuñáramos el término ecoeficiencia.
Ecoeficiencia significa básicamente agregar más valor a un bien o servicio utilizando menos recursos naturales y produciendo menos desperdicio y contaminación. El prefijo eco- hace referencia tanto a la economía como a la ecología.
En el marco de las desregulaciones y las privatizaciones, la dimensión ética de la actividad empresarial adquiere un valor aún más relevante debido a que la libertad económica siempre conlleva mayores responsabilidades. Personalmente, creo que el concepto de ecoeficiencia comprende dicha dimensión ética y ha inspirado y guiado a líderes de diferentes ámbitos y sectores, y fomentado la armonía entre las actividades económicas y los ecosistemas naturales.
Durante la última década, muchas compañías han ganado dinero al mismo tiempo que reducían sus desechos y la contaminación ambiental, lo cual prueba que elevar los estándares ambientales no tiene por qué reducir las ganancias. Sin embargo, y a pesar de que en tal sentido el progreso ha sido importante, considero que nuestros esfuerzos deben redoblarse en un mundo donde la población y el consumo se encuentran en constante crecimiento.