
Por Stephan Schmidheiny (versión sitio web 2009 actualizada)
Las numerosas preguntas que suelen hacerme acerca de mis motivaciones y acciones demuestran que mi manera de ser y hacer las cosas no necesariamente obedece a la lógica habitual, por lo cual resulta difícil de explicar. Una parte de la respuesta reside seguramente en mi trayectoria y mi Weltanschauung, mi visión del mundo, que a continuación quisiera resumir para mis amigos y socios.
Creo que mucho de lo que soy en la actualidad ya era parte de mi persona durante los primeros años de mi vida, en mi infancia y adolescencia.
Mi padre Max, y otros miembros de mi familia hablaban de negocios en mi presencia, y el espíritu emprendedor era una larga tradición entre los Schmidheiny. Mi bisabuelo sentó las bases cuando abrió su primera fábrica de ladrillos en Heerbrugg, al este de Suiza. Mi abuelo invirtió a su vez en la incipiente industria del cemento y posteriormente, en el negocio del asbestos-cemento. En la siguiente generación, éstas y otras inversiones tales como las realizadas en WILD-LEITZ y BBC Brown Boveri, representaron el espíritu emprendedor de mi padre Max y su hermano Ernst.
Mis antecesores me inculcaron también la convicción de que la riqueza exige ciertas responsabilidades, una convicción que me ha llevado a investigar y a practicar nuevas formas de hacer filantropía.
Mi madre Adda, compensó este enfoque empresarial con su amor por la música y su habilidad con el piano. Crecí en una familia que amaba el arte. Mis padres tenían una colección de grandes maestros franceses y flamencos, y también una importante colección de Hodler. Además, estaban en contacto con muchos artistas suizos contemporáneos. Ante la insistencia de mi madre aprendí a tocar piezas clásicas en el piano, una actividad que aún hoy me brinda una enorme tranquilidad y un gran placer.
Crecí rodeado de viñedos, y mi familia solía ir de excursión a las montañas. Como además mi padre amaba navegar, solíamos pasar las vacaciones en las islas del Mediterráneo, donde aprendí a bucear. Aquellas experiencias despertaron en mi una creciente preocupación por el medio ambiente.
Recuerdo que siendo muy pequeño –a los cinco o seis años–, no quería ser maquinista de tren ni vaquero cuando fuese mayor: quería ser misionero. No sé si esa temprana ambición presagiaba el interés por los asuntos espirituales o el deseo de viajar a tierras lejanas que tuve toda mi vida; o si era simplemente una reacción ante el hecho de que, incluso siendo tan pequeño, yo ya sabía que lo que se esperaba de los varones de la familia Schmidheiny era que fuesen ingenieros.
Sin embargo, y a pesar de las objeciones de mi padre, estudié leyes en lugar de ingeniería. Mi objetivo no era convertirme en abogado sino investigar y comprender el funcionamiento de la sociedad. Cuando me gradué de la escuela de derecho, mi padre –que ya tenía edad para retirarse - esperaba que siguiera sus pasos. Pero yo tenía otras ideas. Desde mi primera experiencia de entrenamiento como capataz en una de las fábricas en Brasil, había comenzado a interesarme en el desarrollo económico y social de naciones y sociedades; incluso, sentía una afinidad mucho mayor con dicha área que con el mundo de los negocios y la industria.
En consecuencia, postulé para un trabajo en el área de desarrollo en Uganda. Sin embargo, debido a los disturbios que comenzaron a afligir a este país no pude viajar a África. Mi padre aprovechó esa oportunidad para convencerme de que aceptara un empleo temporario en su empresa como secretario de uno de sus altos ejecutivos, acompañándolo a recorrer el mundo con el propósito de monitorear las operaciones del Grupo. La idea de ser pagado por viajar mientras decidía qué hacer con mi vida, fue irresistible.
Lo que se esperaba de mí era que tomara notas de las reuniones entre mi jefe y los gerentes locales. Si bien respetaba a muchos de ellos por su experiencia empresarial, a menudo no estaba de acuerdo con su forma de pensar. De modo que tomé además otras notas, referidas a sus personalidades y conductas, que describían cómo interactuaban entre ellos y con sus subordinados. Al terminar nuestro trabajo, le mostré algunas de esas anotaciones “informales” a mi jefe. Para mi sorpresa y satisfacción, él pareció estar mucho más interesado por esas “opiniones personales” que por las minutas oficiales de las reuniones. Eso me enseñó que las personas importantes no siempre dicen cosas importantes, y que a menudo es posible lograr mejores resultados actuando por fuera de las pautas establecidas.
Como todavía estaba interesado en el desarrollo, acepté un puesto en el área de Ventas, Planificación y Sistemas de Información en una de las empresas del Grupo en Sudáfrica. En aquella época Sudáfrica aún estaba regida por el sistema apartheid impuesto por los blancos. En una carta que escribí por entonces a mi padre, le comenté que un sistema tan injusto e inhumano como el apartheid no podría sobrevivir mucho tiempo, y que estaba destinado a colapsar en los próximos cinco años. Mi análisis fue correcto en líneas generales, pero mi estimación temporal falló por algunos años.
Mi Visión - Mi Trayectoria.
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